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Crónicas de junta

La fiesta de fin de año que nadie pidió, pero todos fingimos querer

9 de marzo de 20264 min de lectura

El correo llegó con dos semanas de anticipación: 'Fiesta de fin de año — Asistencia obligatoria (opcional, pero obligatoria)'. Esa única línea ya resumía perfectamente la naturaleza de este tipo de eventos.

El intercambio de regalos tenía un límite de 300 pesos. Alguien, inevitablemente, llevó algo que claramente costaba 80 pesos, y alguien más, también inevitablemente, llevó algo que claramente costaba 900. El equilibrio cósmico de los intercambios navideños nunca se logra del todo.

A las 8:00 p.m. en punto, el director general subió al pequeño templete improvisado para dar 'unas palabras breves' que terminaron siendo veinticinco minutos de reconocimientos, metas del próximo año, y una frase que se repitió como mantra: 'ustedes son nuestro activo más importante', dicha justo antes de que alguien preguntara, por lo bajo, si eso incluía el aumento salarial que llevábamos pidiendo desde marzo.

Llegó el karaoke. Alguien de contabilidad, que durante todo el año parece la persona más seria y reservada de la oficina, se transformó en una estrella de rock interpretando una balada con una entrega que nadie esperaba y que todos aplaudimos genuinamente conmovidos.

A las 11:00 p.m., con la pista ya medio vacía, los que quedábamos formamos ese círculo espontáneo donde de pronto el jefe de tu jefe te cuenta una anécdota personal que jamás pediste escuchar, pero que agradeces porque, por un momento, deja de sentirse como tu jefe y se siente casi como una persona normal.

Nos fuimos cerca de la medianoche, con los pies cansados, el estómago lleno de bocadillos de catering, y esa sensación extraña de haber sobrevivido, una vez más, al evento social más incómodo y entrañable del calendario laboral.

Nos vemos el próximo año, con otro intercambio, otro discurso, y seguramente otro compañero de contabilidad listo para brillar en el karaoke.

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