Tragedias de oficina
El día que el Excel se comió mi fórmula (y mi tarde)
Eran las 2:47 de la tarde cuando pasó. Yo nada más quería agregar una columna. Una. Columnita. ‘C de cliente’, le puse, inocente, sin saber que estaba a punto de iniciar una guerra con el destino.
Al insertarla, algo en el universo de Microsoft decidió que todas mis fórmulas debían desplazarse exactamente una celda a la izquierda, pero solo en algunas filas, de forma completamente aleatoria, como si el Excel tuviera su propio horóscopo.
Los primeros veinte minutos los pasé negociando. 'A ver, Excel, tú y yo podemos resolver esto como adultos.' El Excel no respondió. El Excel nunca responde, pero tampoco perdona.
A la hora uno, ya estaba reescribiendo fórmulas a mano, una por una, como monje copiando un manuscrito. A la hora dos, empecé a cuestionar decisiones de vida importantes, como por qué estudié lo que estudié y por qué no me dediqué a vender tacos, que es un negocio que no depende de referencias circulares.
A las 5:52 de la tarde, cuando por fin cerré el archivo, respiré hondo, y mandé el reporte con un '¡Aquí está, cualquier cosa me avisan!' que escondía tres horas de trauma bajo una sonrisa de emoji.
Moraleja: siempre, siempre, guarda una copia antes de insertar una columna. Y si no la guardaste, ya sabes: el CTRL+Z es tu terapeuta, tu abogado y tu último clavo ardiendo, todo en uno.