Crónicas de junta
El incidente del micrófono abierto en la junta de Zoom
Era una junta normal, de esas con veinte personas donde la mitad tiene la cámara apagada y la otra mitad finge estar tomando notas. Yo estaba en la segunda categoría.
En algún punto, mientras alguien de finanzas explicaba una gráfica que nadie entendía, mi perro empezó a ladrarle a algo invisible en la puerta. Intenté silenciarlo sin éxito, y en ese esfuerzo, hice algo todavía peor: dije, en voz alta y con todo el cariño del mundo, 'ya cállate, no me hagas quedar mal frente a todo mi trabajo'.
El micrófono estaba abierto. Lo supe por el pequeño ícono rojo en la esquina, y por el silencio sepulcral que siguió, roto únicamente por la voz de mi director general diciendo: '¿Todo bien por allá?'
Dije que sí. Que todo estaba perfecto. Que era mi perro, no mi opinión sobre la junta. Nadie me creyó del todo, y honestamente, no los culpo.
Desde ese día aprendí tres cosas: uno, siempre revisar el micrófono antes de hablar con cualquier ser vivo cerca; dos, mi perro tiene mejor timing cómico que la mayoría de los comediantes profesionales; y tres, en una oficina remota, nunca estás tan a salvo como crees.